EL NUTRIR EMOCIONAL
La relación directa que existe entre alimento y emoción
es fácilmente observable en cualquier persona. Frente a un estado de estrés
emocional, todas las personas manifiestan algún cambio en sus hábitos
alimentarios: por ejemplo, comer por aburrimiento, gratificarse con un dulce
porque se está triste, no sentir hambre cuando se está enojado, etc. Esto
demuestra que existen diferentes situaciones y emociones que se enfrentan,
aumentando o disminuyendo la ingesta habitual y evitando, de este modo, sentir
aquello que tanto perturba. Cuando este mecanismo es el único modo de respuesta
que una persona tiene para afrontar sus problemas, se produce una alteración
permanente en el uso y significado que se le da al alimento. El impulso a comer
o su contrario, la tendencia a la restricción de la ingesta, constituyen una
respuesta rígida, inevitable y casi exclusiva para calmar estados emocionales
displacenteros. La preocupación por el control del alimento, el cuerpo y el
peso, se convierte en un intento fallido de distraer la atención de aquellas
situaciones que generan dolor y angustia. Es sabido ya por la ciencia que, en
la base de cualquier alteración de la conducta alimentaria, subyace siempre una
problemática afectiva que la persona no puede enfrentar y resolver de un modo
más funcional, hasta descubrir la causa primaria que la genero. Como en casi
todas las experiencias de la vida los primeros años suelen dar la explicación a
nuestras incógnitas relacionadas con los comportamientos automáticos e inconscientes
y nuestra relación emocional con los alimentos tiene su origen desde el
nacimiento, al ser alimentados al seno materno “cálido y nutridor” les comparto
en este LINK un artículo interesante donde se aborda este tema de manera
sencilla y explícita.

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